
El 3 de Noviembre de 2006, Paul Mauriat dejó imaginariamente sus partituras sobre el escritorio, se vistió con uno de sus sacos preferidos, y partió hacia la eternidad. Adoptó para siempre en su viaje, esa dimensión espiritual que él supo agigantar con su música, y a la que, con su talento de hombre sabio, nos acercó durante tantos años.
Crecimos con sus brillantes colores y con ese fantástico caleidoscopio de interminables formas que lleva su nombre, y que con su partida, nos regaló como un legado que sabremos mantener en alto más allá de nuestras vidas.
En nuestro soñar, en nuestro vivir, en el andar cotidiano de nuestro largo camino, él siempre estuvo allí. Su música proyectó nuestros sentimientos, y los elevó a ese plano sin espacio ni tiempo, que plácidamente los recibió para convertirlos en lunas, estrellas y soles.
Somos esos hombres anónimos a los que Paul se esforzó en conocer, en escuchar a la distancia nuestras calladas palabras, haciéndonos sentir sus amigos de siempre.
Esa música que nos dio frescas lluvias en tardes tórridas, y calor de fogón en noches frías, hoy parece cobijar como nunca, un universo de almas y corazones que él amó, donde cada alma y cada corazón son notas en sus partituras, esas notas que él escribió para sus afectos mas cercanos, para nosotros, a quienes llamó sus amigos, y también para todos aquellos que pudieran escucharlas por primera vez.
La sabiduría de los hombres no se mide por sus conocimientos académicos, la sabiduría de los hombres encuentra su definición en su proyección espiritual. Y Paul Mauriat, esparció por el aire su sabiduría hacia los demás en forma de música que dibuja lagos azules, picos nevados, praderas verdes, flores, arco iris, mares, playas, ojos tiernos, manos amigas, y ángeles que cuidan todos los bellos sueños que nos podamos imaginar.
Modesto, sobrio, y hospitalario, Paul estará siempre junto a nosotros, y quizás mas cerca, cada vez que escuchemos su música, porque para ella vivió y vive en sus armonías que parecen renovarse en su inagotable variedad.
Las estrellas que también crecieron con su nombre y que aquel 3 de Noviembre titilaron de dolor al verlo partir, hoy vuelven a brillar al escuchar en la eterna inmensidad de la vida, esa maravillosa música de infinitos matices e interminable luz, de su mano, de la mano de Paul Mauriat.
Rob
Gracias a Rafael Soriano
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